Serenata cuadro de Adolphe Leleux

Serenata cuadro de Adolphe Leleux3

Cuadro Serenata de Adolphe Leleux

Características pintura “Serenata” de Leleux

Pintor:

Adolphe Leleux

Fecha/lugar creación:

1843

Título pintura:

“Serenata”

Material:

Óleo sobre lienzo.

Medidas:

N/S

Otros datos:

Apodo “Leleux le breton”

 

Sober el pintor Adolphe Pierre Leleux

Adolphe Pierre Leleux, nace el 15 de noviembre de 1812 en París y muere en la misma ciudad el 27 de julio de 1891. Es pintor y grabador, hermano mayor del también pintor Armand Lelux

Tenemos que decir que es un pintor autodidacta, que expuso en el Salón de París desde 1835. En este primer año, presenta escenas de la campiña de Picardía. En el género del grabado es formado en el estudio de Alexandre Vicent Sixdeneirs, aunque decidió dedicarse principalmente a la pintura en 1837. 

Descubrió Bretaña en 1838 y realiza muchas escenas de género inspiradas en el campo bretón, lo que le otorgó el apodo de “Leleux le breton”. En 1847 realizó una estancia en Constantino (Argelia) con Edmon Hédouin (pintor y grabador). Su inspiración luego se extenderá a Argelia, España, Morvan o los Pirineos. Una curiosidad es que en 1848 conoció al pintor Charles Chaplin, especialista en escenas de género y en la representación de mujeres. también era amigo de Théophille Gautier (poeta, novelista y crítico de arte) y Gérard de Nerval (escritor y poeta). Se considera un pintor realista post-romántico.

En colecciones públicas podemos encontrar obras en el Museo de Bellas Artes de Dijon, en el Quimper Museum of Fine Arts o en el Museo de arte e historia de Cognac. Los títulos de Salida de posada en Vendéeuna fiesta de bodas en BretañaDía de mercado en FinistéreLa depilación del trigo en Argelia El asalto de los chouans nos evocan a la temática referida.

 

Información y análisis el cuadro “Serenata” de Leleux

Hablemos del realismo que practica el pintor, un movimiento pictórico dado en Francia a mediados del siglo XIX, su mayor representante en Gustave Courbet. Destaca en este estilo la crudeza. Se suelen identificar los principios estéticos del realismo pictórico con los del realismo literario contemporáneo, en el que destaca Honoré de Balzac. Destaca el compromiso con las clases bajas y los movimientos políticos de izquierda. Su estética se basa en la representación directa de la realidad

Entendían que no hay temas banales, así que cualquier cuestión puede ser objeto de interés pictórico. Importa más la forma en que se representa la imagen que su desarrollo narrativo. La realidad no es una copia o imitación, pero si debe ajustarse a cierta verosimilitud. No se podía idealizar. En el romanticismo había idealización y evasión, aquí no, y se centran en temas de la vida cotidiana. 

Vemos en la pintura un tema de la vida cotidiana, de esas clases más bajas, del campo, y mostrándose con realismo como es esta serenata, tocada por instrumentos de cuerdas, algunos de cuerda frotada y otros punteada. 

Se abre una puerta de madera, donde se ve el celaje, vegetación y dos personajes al fondo oscuros, y sobre esta, en unos escalones se disponen estos músicos, algunos tocando, una mujer una pandereta, y otros cantando, aunque también hay algunos que no cantan, incluso vemos un personaje que se lleva algo a la boca, y un niño con un perro que parece estar pasando por ahí y que mira y escucha. Al fondo a la derecha se ven dos campesinos con una cabra en lo que parece ser su puerta. A la izquierda vemos ropa, sombrero y una vara de un personaje que se la ha desprendido de estos objetos en el momento de cantar.

Destacan los escorzos de los personajes, así como su iluminación, de tonos ocres, verdes y azules que resaltan con un blanco muy intenso. 

La sensación es que estamos viendo un momento puntual de una realidad de una manera muy real representado, como se prentendía con este estilo surgido en Francia que se extenderá por más países.

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Pareja de Bodegones Siglo XIX

Pareja de bodegones firmados por C. Garcia Pertenecen a la escuela Española del XIX

Oleo sobre Lienzo

42 X 63 cm

La invasión napoleónica de España produjo una transformación en la mentalidad y en las circunstancias político-sociales del país, a la que, por supuesto, no fue ajeno el mundo de las artes. De esta distinta situación cultural van a nacer nuevas condiciones para la vida artística, diferentes a las anteriores, que marcarán profundamente el futuro desarrollo de la misma. Así, el dinamismo social del siglo se extiende también a las artes, produciendo una frenética sucesión de movimientos de discurrir, a veces, paralelo y hasta antagónico, que llevan incluso a los artistas a posiciones irreductibles de tipo ideológico. El artista de este siglo viene a ser así un artista comprometido, sobre todo en su primera mitad, cuando la eclosión social, la reacción carlista y el movimiento romántico produzcan mayores arrebatos de tipo político y estético. La revolución burguesa y el liberalismo económico rompen los tradicionales cauces que regían anteriormente el arte, quebrándose los mecenazgos de la Iglesia, la Monarquía y la aristocracia, que vienen a ser sustituidas por el Estado liberal y parlamentario y la burguesía capitalista. 
El artista se encuentra por primera vez libre, frente al mercado y la iniciativa individual, lo que transformará radicalmente el papel y significación sociales del arte, su sistema de formación, tutela y producción. Se pierde así la anterior conexión con la necesidad social real, y consecuentemente el subjetivismo anárquico marca al siglo, perdiendo el arte la unidad estética y la continuidad estilística anteriores, acomodándose a sucesivas teorías y radicalismos. Esta complejidad determina el problema de su estructuración. En el fondo, la mayoría de los intentos de clasificación coincide, en lo esencial, con los períodos en que suele dividirse la pintura francesa del siglo XIX, que ha venido a ser paradigmática del siglo, y con los que la escuela española, aparte las lógicas divergencias nacionales, ofrece equivalencias más aproximadas, pudiendo adecuarse a ellos en líneas generales.

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Bodegón con uvas y codornices

“Bodegón con uvas y codornices”.
Óleo sobre lienzo. Reentelado en los años 50.
100 x 81 cm; 121 x 102 cm (marco).

En este lienzo se plasma un bodegón de composición cerrada y equilibrada, con los objetos dispuestos de forma ordenada, aunque con el amontonamiento típico del naturalismo barroco, en primer plano, organizados en tres niveles de altura. Se trata de racimos de uvas, melocotones y perdices muertas, dispuestos en una fuente de metal típicamente barroca por su contorno mixtilíneo y una cesta situada tras ella.

Las perdices y las ramas de la parte superior aparecen fijados al muro, con un lado azul, único foco de color frío de todo el cuadro, adornando el punto de unión entre ambos lados del ramaje. Los frutos aparecen plenos, con delicadísimos matices de textura en el caso de los melocotones y una miríada de brillos y de tonalidades en el de los racimos, estos últimos cargados a más no poder de uvas, evidenciando el gusto por lo exuberante, por la plenitud de formas, que es una de las bases estéticas del barroco. Formalmente esta obra se enmarca dentro el barroco naturalista, tanto por la precisión rigurosa en la captación de las calidades como, y especialmente, por el tratamiento lumínico, muy pensado y rico en contrastes, que determina una atmósfera cálida y tenebrista.

La pintura francesa del periodo barroco pasa por un primer periodo de vacilación, entre el barroquismo y las tendencias tradicionales derivadas del espíritu academicista, antibarroco y anclado en el manierismo. En esta primera etapa encontramos al gran caravaggista Georges de La Tour y a los primeros pintores de bodegones. Después de ellos llegarán los grandes pintores del clasicismo francés del XVII: Poussin, Claudio de Lorena y Philippe de Champaigne. Este bodegón se enmarca dentro de ese primer periodo, ya sea por fecha o sólo por estilo, dado que muestra características propias del barroco naturalista, pese al orden y la claridad clásicos de su composición.

Así, como hiciera La Tour en sus composiciones, el autor de este bodegón emplea una luz protagonista que revela los objetos sumidos en la penumbra, sumergidos en una noche quebrada por esta luz fuerte que recude los matices al rojo, el blanco y una amplia gama de terrosos y ocres. Se trata de una luz artificial y dirigida, de foco, que penetra en el espacio pictórico desde el ángulo superior izquierdo, tal y como hacía el propio Caravaggio, creando puntos de atención directamente iluminados en contraste con zonas de penumbra y de densa sombra, contribuyendo así de forma naturalista al modelado de los volúmenes y a la construcción del espacio.

Así, el autor de este lienzo aprovecha el descubrimiento fundamental del maestro italiano: el de que la luz crea la forma de los cuerpos dotándolos de masa y color. Estas características fueron comunes a los primeros pintores franceses de bodegones, como Baugin, del cual el Louvre posee un magnífico “Bodegón con tablero de ajedrez”. La rigurosa simplicidad de las composiciones de estos primeros bodegonistas, y que aquí se aprecia en todo su esplendor, se opondrá al estilo fastuoso de los bodegones que pintaron más adelante los artistas de Luis XIV.

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