DESCENDIMIENTO DE CRISTO Atribuido a CIRO FERRI

DESCENDIMIENTO DE CRISTO Atribuido a CIRO FERRI

Medidas:60 X57cm

La presente obra representa el tema bíblico del Descendimiento de Cristo y está atribuido al pintor y escultor Ciro Ferri, principal sucesor de Pietro da Cortona y uno de los artistas más consolidados del barroco romano. Su producción artística, tanto escultórica como pictórica está repartida por toda la geografía italiana, siendo algunas de sus más importantes obras sus aportaciones junto a su maestro a las pinturas al fresco del Palacio Pitti de Florencia, y de forma individual los frescos de las Sagradas Escrituras de la Iglesia de Santa María en Bérgamo, así como numerosas intervenciones en diferentes iglesias de Roma. Se trata de un artista muy completo que también realizó diseños arquitectónicos y dibujos para grabados, lo que le granjeó el apoyo de la familia Médici, que le asignó una plaza en la Academia Médici de Roma, establecida en 1673 por el Duque Cosme III de Médici.

En lo que respecta al estilo Ciro Ferri continua de forma literal la tradición del dibujo florentino en la que se había formado Cortona y en las investigaciones que éste llevo a cabo sobre la unificación del espacio en las composiciones, el ilusionismo y la captación de la luz. Cortona desarrolló un estilo monumental destinado a glorificar los motivos iconográficos preferidos de la Iglesia Triunfante, ya que trabajó sucesivamente para tres Papas (Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII). Su obra supuso, dentro del contexto de la escuela romana del siglo XVII una fuente de renovación a través de sus pinturas pero también de sus diseños arquitectónicos, que contribuyeron de forma decisiva a la transformación de la Ciudad Eterna. El éxito de su estilo le proporcionó un gran número de seguidores, entre los cuales Ferri destaca por encima de los demás por su extraordinaria calidad.

En la obra que nos ocupa nos encontramos una obra fiel en lo que respecta a la concepción del tema icongráfico pero absolutamente novedoso en los aspectos formales de la obra.

El tema del Descendimiento de Cristo, al igual que otros de los episodios que forman parte de la Pasión, se conmemoraba en las oraciones vespertinas del Viernes Santo, y en su origen estaba muy influido por los autos sacramentales y los misterios medievales, de modo que las figuras configuran un espacio que sigue escenografías teatrales, una cuestión que en la pintura barroca se lleva a un nivel superlativo. Al tratarse de un tema iconográfico que deriva de la Crucifixión suelen aparecer a ambos lados de la cruz la figura de la Virgen y San Juan, como es este caso. La Virgen aparece arrodillada frente al cuerpo de su hijo muerto, con las manos en actitud de oración y San Juan detrás de ella se lleva una mano al pecho y extiende la otra, creando ambos un lenguaje corporal muy expresivo, teatral y muy característico de la pintura italiana de este periodo. Otra de las figuras recurrentes en este tema, sobre todo a partir del siglo XIII (momento en el que se empiezan a introducir más personajes en el Descendimiento) es la de María Magdalena, que aparece junto a la Virgen con un gesto muy dramático, extendiendo una mano y secándose las lágrimas con la otra. La composición la cierran los putti, uno que abre el sepulcro de Cristo y dos que son testigos de la escena desde las alturas.

El tratamiento de las figuras es muy monumental, volumétrico y dinámico, lo que no sólo está determinado por los gestos sino también por el tratamiento de las texturas, los pliegues de los ropajes y las carnaciones. En este último aspecto la figura más sobresaliente es la del cuerpo de Cristo muerto en la que Ferri hace alarde de su maestría en el uso del color, totalmente grisáceo, con el que hace hincapié en la ausencia de vida en el cuerpo, y que forma un marcado contraste con la gama cromática del grupo de personajes que lo acompaña.

En lo que respecta a la composición del cuadro, se trata del aspecto más novedoso. La escena está captada desde un punto de vista bajo, creando así un mayor efecto de monumentalidad en las figuras que estamos contemplando, que se disponen en torno a una gran diagonal marcada por el terreno y subrayada por el cuerpo de Cristo. Esta composición tan propia del barroco, junto con el tratamiento de las nubes recrean una atmósfera de gran inestabilidad y potencian el dramatismo de lo que está aconteciendo, absorbiendo por completo la atención del espectador.

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Posiblemente MAESTRO DEL PAPAGAYO (Amberes, primera mitad del siglo XVI) “Piedad”.

piedad

Óleo sobre tabla de roble.

Medidas: 37,8 x 28 cm; 49 x 39 cm (marco)

En el estudio técnico se corroboran diversos aspectos propios de la escuela flamenca del siglo XVI. En primer lugar, la radiografía permite constatar que se trata de un panel de una sola pieza de roble, sin juntas, lo que es habitual en dicha escuela desde la Edad Media hasta el siglo XVIII. Por otro lado, la preparación es la habitual en las escuelas del Norte de Europa, un único estrato de calcita que presenta gránulos de cuarzo y trazas de yeso. El aglutinante es proteico, con toda probabilidad cola animal. Sobre esta preparación se ha realizado un concienzudo dibujo preparatorio, realizado a base de rayados paralelos que sugieren formas y volúmenes. Las áreas oscuras se han realizado cruzando rayados. Asimismo, se detectan interesantes arrepentimientos, y el rango de pigmentos es el habitual en esta escuela y periodo: blancos de albayalde, azules de azurita, rojos de bermellón, tierra roja y laca orgánica; amarillos de tierra amarilla y laca, negros de carbón y humo de huesos, pardos de tierras, orgánico y sombra; y verdes de resinato de cobre, con aglutinante oleoso y oleo proteico y cargas de calcita y cuarzo.

Respecto a los aspectos formales, podemos relacionar esta obra con la mano del Maestro del Papagayo, pintor flamenco de nombre desconocido que trabajó principalmente en Amberes durante la primera mitad del siglo XVI. Fue identificado en 1949 por Max Friedländer, quien agrupó bajo su autoría un grupo de obras homogéneas. No obstante, las desigualdades de estilo existentes entre las obras que se le atribuyen llevan a algunos estudiosos a afirmar que no habrían sido obra de un único pintor, sino de un taller. En su mayoría se trata de obras religiosas y retratos, repitiéndose especialmente la iconografía de la Virgen con el Niño. En este tema Jesús suele aparecer jugando con un papagayo o un loro, elemento del cual procede la denominación acordada para este maestro. Sus pinturas comparten una serie de rasgos característicos, como los dedos y uñas largos, el rostro ancho y la nariz fina. Además, comparten similitudes de estilo con la producción del Maestro de las Medias Figuras y otros pintores flamencos como Joos van Cleve, Jan Gossaert y Ambrosius Benson. El Maestro del Papagayo realizó numerosas obras para su exportación, muchas de ellas a España. De hecho, a día de hoy se conservan en el Museo del Prado, el de Bellas Artes de Sevilla, el de Bellas Artes de Bilbao y en diversas colecciones privadas.

Iconográficamente, la Piedad es un tema muy repetido en la historia del arte, especialmente a partir del Renacimiento. Se trata de una imagen extraída de la Pasión, protagonizada por una doliente Virgen María que sostiene el cuerpo muerto de su hijo. De hecho, es una representación plástica del dolor de María ante la verdad de su hijo muerto, y de hecho de este tema derivarán las representaciones de la Dolorosa, en las que aparece únicamente la Virgen. La iconografía de la Piedad surge de una evolución gradual de cinco siglos y, según Panofsky, deriva del tema del Threnos bizantino, la lamentación de la Virgen sobre el cuerpo muerto de Jesús, así como de la Virgen de la Humildad. Los primeros artistas que ven las posibilidades de este tema son los escultores alemanes, encontrándose el primer ejemplo conservado en la ciudad de Coburg, una pieza de hacia 1320. Con el paso del tiempo la iconografía irá extendiéndose por Europa, y ya en el siglo XVII, después de la Contrarreforma, se convirtió en uno de los temas más importantes de la pintura devocional.

 

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