Cristo con la cruz a cuestas en la calle de la Amargura – Antonio Arias

antonio arias cuadro

Pintura atribuida a Antonio Arias: Cristo con la Cruz a cuestas en Calle de la Amargura

Pintura Antonio Arias

Es parte del ciclo de la Pasión de Cristo y del Via Crucis, y contiene muchos episodios que pueden ser objeto de tratamiento artístico por separado o bien representarse conjuntamente (el Cirineo, la Verónicalas caídas, etc.). Los episodios anteriores son los relacionados con el juicio de Cristo y los posteriores son los relacionados con la crucifixión.

Características cuadro atribuido a Antonio Arias

Pintor:

Antonio Arias

Fecha/lugar creación:

S/N

Título pintura:

“Cristo con la Cruz a cuestas en la Calle de la Amargura”

Material:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

148 x 107 cm sin marco | 176 x 138 cm con marco

Otros datos:

Pintor barroco español de la Escuela Madrileña
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Sobre Antonio Arias Pintor

(Madrid, h. 1614-1684). Pintor español. Formado con Pedro de las Cuevas, fue un artista precoz. A los catorce años, según Palomino, recibió su primer encargo: el retablo de los carmelitas calzados de Toledo (perdido). En 1639 contrató, junto a otros artistas, cuatro lienzos para la decoración del salón dorado del Alcázar Real, siendo Carlos V y Felipe II la única obra de su mano que del conjunto se conserva. A partir de 1645, en que abrió un estudio en Madrid, tuvo numerosos encargos en su mayor parte de carácter religioso, tanto obras devocionales como lienzos destinados a series conventuales.

Entre las primeras destacan Cristo recogiendo sus vestiduras (1645, convento de las Carboneras, Madrid); La moneda del César (1646, donado por los duques de Monteleón al monasterio benedictino de Montserrat de Madrid); San Antonio de Padua (1650, colección Plasencia, Bilbao); Virgen con el Niño(h. 1655), y Piedad (1658, convento de las Carvajalas, León); así como numerosas representaciones de temas marianos, evangélicos y de santos. De las series, cabe señalar los once lienzos de la Pasión de Cristo para el claustro del convento de San Felipe el Real -de los cuales el Museo del Prado conserva Cristo con la cruz a cuestas, encuentra a la Verónica y Jesucristo lavando los pies a san Pedro, firmados en 1657-, y dos Apostolados con el Salvador. A juzgar por la biblioteca que poseía, era hombre culto, que se diferenciaba del prototipo del artista de su tiempo. Falleció, según Palomino, en la miseria, en el Hospital General de la corte.

Antonio Arias Fernández (Madrid, c. 1614 – Madrid, 1684), pintor barroco español, perteneciente a la escuela madrileña. Su estilo es bastante personal, con gusto por las formas rotundas, y una gran maestría en la caracterización de sus personajes, sobre todo en la expresión de los rostros. El modelado escultórico de las figuras, la paleta de colores claros y cierto naturalismo nos remiten a la obra de Juan Bautista Maíno, mientras que algunas de sus vírgenes son francamente zurbaranescas. Con el tiempo sus composiciones irán resultando más arcaicas, apegado a formulismos escurialenses e incapaz de adaptarse a las nuevas tendencias del barroco más decorativo.

Sobre la obra: “Cristo con la cruz a cuestas en la calle de la Amargura”

Veamos el tema representado. Cristo llevando la cruz es un episodio evangélico y tema artístico muy frecuente en la devoción y el arte cristiano, denominado también de muchas otras formas (Jesús o Cristo portando la cruz o su cruz -con mayúsculas en la mayor parte de la bibliografía-,​ cargando la cruzcon la cruz a cuestas​ o al hombro, etc.) 

En los primeros siglos del arte medieval se solía representar no tanto a Cristo sino a Simón de Cirene llevando la cruz. Desde entonces crece mucho la complejidad de la escena representada. En la pintura bizantina se representa típicamente a Jesús caminando con las manos atadas, y un soldado tirando de la cuerda, mientras que el Cirineo carga con la cruz. En algunas representaciones muy tempranas, Jesús y Simón Cirineo llevan juntos la cruz.

Al final de la Edad Media, posiblemente por influencia de las representaciones dramatizadas de la Pasión, se pasó a representar a Cristo rodeado de una gran multitud cuyos rostros muestran todo tipo de sentimientos, desde la ferocidad hasta el dolor, pasando por la burla, la aceptación o la indiferencia.​

En los primeros ejemplos de este tema artístico, el peso de la cruz no parece representarse como una gran carga, mientras que en la Baja Edad Media sí se insiste en ello, haciendo arrastrar su parte inferior por el suelo, al igual que se intensifica la representación del sufrimiento de Cristo.​ También se hace más habitual que aparezca la cabeza de Jesús con la corona de espinas, mientras que antes no.

Algunos ejemplos primitivos representan únicamente a Cristo cargando la cruz, tipología que se continúa en el Renacimiento y el Barroco con encuadres más centrados en la mitad superior de la figura (Norte de Italia, desde 1490). En contraste con ello, la mayor parte de los denominados andachtsbilder, el sufrimiento de Cristo se plasma de forma más evidente en las escenas más complejas, que incluyen una multitud hostil.​ A medida que los trípticos y otras formas de retablo se hicieron populares, la escena pasa a ocupar el panel izquierdo, reservando el panel central para una Crucifixión y el panel derecho para una escena posterior, como el Descendimiento, el Entierro de Cristo o la Resurrección para el panel derecho.

Desde 1500, con el Renacimiento pleno, y luego con el Manierismo, el tema pasa a ser elegido como escena única para las pale italianas, seleccionando escenas concretas, como la de Verónica o el desmayo de la Virgen (Lo Spasimo del Virgine), introducción moderna no referida explícitamente en las Escrituras. ​El tema se siguió tratando en el Barroco.

Verónica, según la tradición cristiana, fue la mujer que, durante el Viacrucis, tendió a Cristo un velolienzo o paño (el pañolienzo velo de la Verónica, también llamado “Verónica” a secas) para que enjugara el sudor y la sangre. En la tela habría quedado milagrosamente impreso el Santo Rostro. La escena no se encuentra en los evangelios canónicos, sino en los apócrifos (Evangelio de Nicodemo).

Se le rinde culto por su vinculación con la figura de Cristo, como a otras Santas Mujeres, y es muy común su representación pictórica o escultórica portando el paño. En ocasiones, el personaje de Verónica se identifica con el de la Hemorroísa.

El tema fue muy desarrollado en el arte cristiano occidental desde finales de la Edad Media. Tiene notables ejemplos en los primitivos flamencos, el Renacimiento y el Barroco.

La pintura muestra la calle de la Amargura. Jesús en el lado derecho de la pintura se encuentra caído con una mano apoyada en el suelo. Mira expresivamente pidiendo consuelo al espectador. La corona de espinas es verde y muestra abundantes espinas. La cruz que carga a cuestas es escuadrada. Delante suya encontramos las santas mujeres que le lloraban en su camino. La verónica, tendida, tiene el paño para enjuagarle la cara a Cristo. Un personaje, probablemente Simón de Cirene ayuda a Cristo a sostener la cruz. Detrás de este, un personaje en actitud de caminar lleva una cesta con los clavos para crucificarlo. Delante de este y de fondo, soldados romanos a caballo van mostrando el camino a seguir. En el otro extremo del cuadro de fondo, otros personajes, con lanzas, que parecen romanos, aunque con una indumentaria no usual para representar a estos personajes. Se puede ver un fondo arquitectónico.

Destaca la monumentalidad de las figuras, la mujer que se encuentra tendida a la izquierda (Verónica) tiene gran corporeidad en su indumentaria. Las figuras entreabren la boca y levantan las cejas. Predominan en las ropas los tonos ocres y verdosos. También llama la atención el personaje que avanza con mucha decisión con los clavos, y el amable rostro del cirineo, era una persona del campo, y esto se puede apreciar en el rostro, ya que es un personaje de la calle. 

Hay que relacionarlo con la pintura de la misma temática y autor que se conserva en el Museo del Prado, aunque también presentan monumentalidad, cristo y la Verónica se encuentra de pie, y alteran el orden de la composición ya que Cristo avanza de izquierda a derecha y las santas mujeres están a la derecha. 

 

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Adoración de los Magos

Adoración de los Magos

CÍRCULO DE MIGUEL JACINTO MELÉNDEZ
(1679 – 1734)
Adoración de los Magos
Óleo sobre cobre
Medidas: 43,5 x 33 cm.
En una arquitectura clásica y abierta al paisaje situada a la izquierda de la composición y que hace referencia al pesebre, la Virgen con túnica en rojo bermellón, manto azul y velo blanco, sostiene en sus rodillas al Niño que extiende sus manos hacia Melchor que arrodillado y habiéndose despojado de su corona en señal de respeto, le besa los pies. Aguardan su turno Gaspar y Baltasar ante la atenta mirada de San José en segundo plano a la sombra. La composición se cierra a la derecha con la presencia de los camellos que han traído a los Magos hasta el Niño y un personaje que ataviado según la moda de la época de Carlos II, chaleco rosa empolvado y gola blanca, fija la mirada en el espectador.

La individualización y el cuidado con el que se retrata a este personaje, probablemente el donante, ha llevado a pensar que podría tratarse del Infante Baltasar Carlos. La composición aunque muy simplificada deriva del grupo principal de la Adoración de los Magos pintada por Pedro Pablo Rubens hacia 1608-1609 y hoy conservada en el Museo del Prado. No es de extrañar esta coincidencia en la composición, ya que dicha obra de Rubens tuvo gran importancia ya desde el momento mismo de su creación.Llegaría a España en torno a 1613 siendo colocada en el Alcázar de Madrid donde fue admirada por los pintores de la Corte que realizaron numerosas versiones más o menos fieles al original. No es de extrañar por tanto que ya finalizada la centuria y durante los primeros años del siglo XVIII, fecha en la que debemos encuadrar la obra que nos ocupa,  se realizara esta nueva versión del tema, ya muy simplificada y con detalles estilísticos y pictóricos que nos recuerdan las maneras del pintor del rey Miguel Jacinto Meléndez por lo que probablemente esté realizado por alguno de los pintores de su círculo. Se aúnan en esta obra los rasgos de la escuela madrileña en la forma de su ejecución con las reminiscencias flamencas del modelo y la elección del cobre como soporte, creando así un conjunto de rico colorido, atractiva composición y detalles de interés como la identidad del personaje que desde el fondo de la composición conecta con el espectador atrayéndolo hacia el centro mismo de la escena.

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“Inmaculada”

inmaculada

Escuela Madrileña del siglo XVII. Atribuido a , Mateo CEREZO  (Burgos, 1637 – Madrid, 1666).
“Inmaculada”.
Óleo sobre lienzo.
Medidas: 55 x 50 cm; 65 x 50 cm (marco).
El fondo celeste de la pintura, con nubes, cuenta con una serie de cabezas de angelitos hacia las esquinas y en la parte inferior. La Virgen, vestida de blanco, resalta contra este paisaje gracias al manto azul que flota al viento. Como es habitual en la iconografía, el cuarto lunar se presenta a los pies de María, con los cuernos hacia abajo como lo sitúan algunos pintores en ciertas obras, y junta las manos en actitud de oración.

También junta las manos la Inmaculada de Mateo Cerezo que se conserva en el Monasterio de Santa Paula de Sevilla, y la composición, con los angelitos en las esquinas y a los pies de la Virgen, recuerda a unas que se encuentran en colecciones privadas española y a la pintada sobre cobre del Hermitage, por citar sólo algunos ejemplos.
El dogma de la Inmaculada defiende que la Virgen fue concebida sin Pecado Original, y fue definido y aceptado por el Vaticano en la Bula Ineffabilis Deus, de 8 de diciembre de 1854. Sin embargo, España y todos los reinos bajo su dominio político defendieron antes esta creencia. Iconográficamente, la representación toma textos tanto del Apocalipsis (12: “Apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas”) como de las Letanías Lauretanas rezadas tras el rosario y que contenía epítetos de María tomados del Cantar de los Cantares del Rey David. Uniendo ambos textos y tras una evolución que ya comienza a finales de la época del Gótico, se llega a una tipología muy sencilla y reconocible que presenta a la Virgen sobre el cuarto lunar, con las estrellas en su cabeza y vestida de luz (con un halo en la cabeza sólo o en todo el cuerpo), normalmente vestida de blanco y azul en alusión a la pureza y la eternidad (aunque también puede aparecer de rojo y azul, en relación entonces con la Pasión), las manos sobre su pecho casi siempre y representada joven por regla general.
Mateo Cerezo debió comenzó su formación en el taller de su padre, llamado como él. Se le conoce trabajando en 1659 en Valladolid, donde su estilo todavía era algo tosco, comparando con el posterior. Su estilo muestra una fuerte influencia de Carreño, pintor con el que colaboró en muchas ocasiones y que le mostró el camino que seguía la senda trazada ya por Van Dyck y Tiziano. Sus composiciones muestran complejas y amplias escenografías, que llaman la atención por el refinamiento que lograr plasmar tanto en el conjunto como en los distintos elementos que componen la pintura. Sus magníficos ropajes, su pincelada fluida, sus juegos de luces… se muestran en la mayoría de sus trabajos.
Su variada obra fue muy buscada ya en vida del pintor, apreciado sobre todo por sus pinturas de tema religioso, y destacado también por sus bodegones. Su pintura se conserva sólo en una poscas colecciones privadas, y en instituciones como el Museo del Prado de Madrid, en el Contento de Jesús y María de Valladolid, en el Museo del Louvre de París, en el de Bellas Artes de Budapest, en el de la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid,

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