Bodegón – Jose Felipe Parra Piquer

Cuadro de Jose Felipe Parra Piquer “Bodegón”

El tema representado es un bodegón de flores, muy característico del pintor valenciano. En el cuadro podemos ver en el fondo una puerta de tonalidades verdes. En primer plano, sobre una mesa de madera clara, se ven unas flores cortadas que probablemente se hayan utilizado para colocar en la cesta de mimbre que hay al final de la mesa. Un poco más atrás, sobre la misma mesa, hay una maceta de barro que contiene varias plantas con algunas flores.

Características cuadro “Bodegón” – Jose Felipe Parra Piquer

Pintor:

Jose Felipe Parra Piquer

Fecha/lugar creación:

Siglo XIX

Título pintura:

Bodegón

Material:

Óleo sobre lienzo. Reentelado.

Medidas:

73,5 x 56,5 cm sin marco | 86 x 71,5 cm con marco

Otros datos:

Firmado en el ángulo inferior derecho

Acerca de Jose Felipe Parra Piquer

El pintor español Jose Felipe Parra Piquer nace en Valencia en 1824 y muere en 1864 en Montevideo (Uruguay). Durante su vida se especializa en el bodegón y los cuadros de flores, aunque también es conocido por su pintura de tema histórico. De esta última modalidad destaca su lienzo “Carlos V recoge el pincel caído a Tiziano”, que se conserva actualmente en el Museo de Bellas Artes de Valencia.

Su padre Miguel Parra fue un destacado pintor de bodegones y flores, al igual que él, y además pintor de cámara de Fernando VII. Jose Felipe Parra estudia en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Con trece años comienza a destacar como pintor de flores y durante esos años obtiene diversos premios en todas las disciplinas académicas y, finalmente, es nombrado académico de mérito en 1843.

Su obra, en general, es sobria de colorido caracterizándose por un correctísimo dibujo que revela la influencia de los bodegonistas barroca, especialmente españoles, flamencos y holandeses. Realiza diversas exposiciones de su obra, de las cuales hay que destacar las celebradas en la Academia de San Fernando (Madrid) en 1832 y en el Liceo de Valencia en 1845. Asimismo, concurrió a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes entre 1860 y 1964.

José Felipe Parra Piquer está representado en el Museo de Bellas Artes de Valencia, el Nacional de La Habana y en el de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí,

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Escuela flamenca del siglo XVIII. “Bodegón de caza”.

Bodegon de caza
Óleo sobre tabla.
Firmado “F. E. Jofid” en el ángulo inferior izquierdo.
Marco del siglo XIX.
Medidas: 28,5 x 35 cm; 39 x 46 cm (marco).
Bodegón flamenco del siglo XVIII, de estilo netamente barroco, con una composición equilibrada, bien asentada y estática, siguiendo un esquema piramidal de tipo clásico. Las distintas aves aparecen situadas en una superficie de piedra de color rojizo, cálido, acorde con la entonación general de la obra, que gira en torno a los tonos terrosos y ocres, con toques blancos que centran los focos de luz. El espacio es indeterminado, cerrado al fondo por un plano de tono neutro, más iluminado en el lado derecho, sobre el que destacan las aves. Éstas aparecen trabajadas con una magistral pincelada minuciosa y descriptiva, netamente flamenca, que retrata con un naturalismo que roza el ilusionismo el plumaje de las aves, sus distintas calidades y tonalidades. El gusto por el trampantojo propio del barro queda reforzado por la colocación de algunos elementos que sobresalen del perfil de la superficie de piedra, pero especialmente por la presencia de una mosca posada sobre el ave que aparece en primer plano en el lado izquierdo.
Durante el siglo XVII, en Flandes se dio un creciente aumento de la demanda de pinturas para decorar las casas de la burguesía. Aparte de los retratos y grandes telas de tema religioso, histórico o mitológico, los artistas se especializaron, pintando obras de tamaño medio que poco a poco aumentaron de formato, con naturalezas muertas, animales, paisajes y escenas de género. Las pinturas que reproducen gabinetes de coleccionistas de la época son explícitas al respecto, hasta el punto de originar un nuevo género pictórico autónomo. Sin duda, el futuro de esta pintura hubiera sido otro sin Rubens, cuyo arte revolucionó el panorama artístico de Flandes introduciendo una nueva vía plenamente barroca y aportando un sentido de unidad y opulenta suntuosidad al ordenado y enciclopédico muestrario que eran las preciosistas descripciones de sus paisanos. Deudores de su manera o subordinados a su labor, los especialistas trabajaron en una línea nueva, sumando a sus composiciones un objeto accesorio, un paisaje o un fondo decorativo. Dentro de la pintura flamenca de bodegones del siglo XVII se distinguen dos tendencias, la estática, representada por Clara Peeters y Osias Beert, y la dinámica, con Frans Snyders y Paul de Vos. Esta obra pertenece a la primera de estas escuelas, fiel a la tradición flamenca del siglo precedente. Se caracterizan estos bodegones por un punto de vista alto, que permite percibir los objetos con claridad, ofreciendo una visión pormenorizada. Si bien la composición suele basarse en horizontales y verticales, reforzando el estatismo, el autor de esta pintura ha introducido algunas diagonales que aportan un cierto dinamismo barroco, aunque estudiadamente contenido. La contención caracteriza también al color, que brilla iluminado por la clara luz pero se mantiene entonado. Por otro lado, los elementos se amontonan y contrastan sus texturas y calidades, pero la imagen queda unificada por el cuidado tratamiento de la luz, que llena de brillos unas zonas y deja en penumbra otras, creando profundidad de un modo muy realista.

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Bodegón con uvas y codornices

“Bodegón con uvas y codornices”.
Óleo sobre lienzo. Reentelado en los años 50.
100 x 81 cm; 121 x 102 cm (marco).

En este lienzo se plasma un bodegón de composición cerrada y equilibrada, con los objetos dispuestos de forma ordenada, aunque con el amontonamiento típico del naturalismo barroco, en primer plano, organizados en tres niveles de altura. Se trata de racimos de uvas, melocotones y perdices muertas, dispuestos en una fuente de metal típicamente barroca por su contorno mixtilíneo y una cesta situada tras ella.

Las perdices y las ramas de la parte superior aparecen fijados al muro, con un lado azul, único foco de color frío de todo el cuadro, adornando el punto de unión entre ambos lados del ramaje. Los frutos aparecen plenos, con delicadísimos matices de textura en el caso de los melocotones y una miríada de brillos y de tonalidades en el de los racimos, estos últimos cargados a más no poder de uvas, evidenciando el gusto por lo exuberante, por la plenitud de formas, que es una de las bases estéticas del barroco. Formalmente esta obra se enmarca dentro el barroco naturalista, tanto por la precisión rigurosa en la captación de las calidades como, y especialmente, por el tratamiento lumínico, muy pensado y rico en contrastes, que determina una atmósfera cálida y tenebrista.

La pintura francesa del periodo barroco pasa por un primer periodo de vacilación, entre el barroquismo y las tendencias tradicionales derivadas del espíritu academicista, antibarroco y anclado en el manierismo. En esta primera etapa encontramos al gran caravaggista Georges de La Tour y a los primeros pintores de bodegones. Después de ellos llegarán los grandes pintores del clasicismo francés del XVII: Poussin, Claudio de Lorena y Philippe de Champaigne. Este bodegón se enmarca dentro de ese primer periodo, ya sea por fecha o sólo por estilo, dado que muestra características propias del barroco naturalista, pese al orden y la claridad clásicos de su composición.

Así, como hiciera La Tour en sus composiciones, el autor de este bodegón emplea una luz protagonista que revela los objetos sumidos en la penumbra, sumergidos en una noche quebrada por esta luz fuerte que recude los matices al rojo, el blanco y una amplia gama de terrosos y ocres. Se trata de una luz artificial y dirigida, de foco, que penetra en el espacio pictórico desde el ángulo superior izquierdo, tal y como hacía el propio Caravaggio, creando puntos de atención directamente iluminados en contraste con zonas de penumbra y de densa sombra, contribuyendo así de forma naturalista al modelado de los volúmenes y a la construcción del espacio.

Así, el autor de este lienzo aprovecha el descubrimiento fundamental del maestro italiano: el de que la luz crea la forma de los cuerpos dotándolos de masa y color. Estas características fueron comunes a los primeros pintores franceses de bodegones, como Baugin, del cual el Louvre posee un magnífico “Bodegón con tablero de ajedrez”. La rigurosa simplicidad de las composiciones de estos primeros bodegonistas, y que aquí se aprecia en todo su esplendor, se opondrá al estilo fastuoso de los bodegones que pintaron más adelante los artistas de Luis XIV.

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