Santa Cecilia – Círculo de Guido Reni

Cuadro de Guido Reni “Santa Cecilia”

La pintura de la que hablamos muestra a Santa Cecilia, pertenece a su círculo. A Santa Cecilia se la suele representar tocando el órgano u algún otro instrumento musical como violonchelos, violas o violines. Suele tener la mirada hacia arriba, con lo que nos está recordando que su música se eleva , es decir, que pretende que sea una alabanza a Dios.

Características cuadro “Santa Cecilia” de Guido Reni

Pintor:

Círculo de Guido Reni

Fecha/lugar creación:

Siglo XVII

Título pintura:

“Santa Cecilia”

Material:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

130 x 100 cm

Sobre el pintor Guido Reni

Guido Reni (Bolonia4 de noviembre de 1575 – Bolonia, 18 de agosto de 1642) fue un pintor y grabador italianoperteneciente a la Escuela Boloñesa y famoso del clasicismo romano-boloñés.Artista largamente ignorado, fue sin embargo considerado en su época uno de los pintores más importantes de Italia. Cultivador (y uno de los protagonistas) del Clasicismo implantado en Bolonia por los Carracci, Reni prolongó el esplendor de dicho centro artístico por tres décadas más, e influyó en muchos maestros como Giovanni Lanfranco y Guercino, a quien llegó a acusar de plagio.

Su definitiva recuperación crítica se llevó a cabo en 1954, con motivo de la memorable exposición que tuvo lugar en dicho año en Bolonia. Su pintura, profundamente influida por la Antigüedad clásica y por Rafael, constituye una de las más vigorosas muestras de la tendencia clasicista del arte barroco. En Bolonia fue discípulo del artista flamenco Dionisio Fiamingo Calvaert, aunque muy pronto, quizás antes de 1595, comenzó a frecuentar la academia de los Carracci, cuya educación propugnaba el retorno a la naturaleza. Son muy pocas las obras existentes de esta primera etapa boloñesa, aunque las conocidas lo muestran experimentando con elementos formales de la tradición (Calvaert, Francesco Francia o Francesco Vanni), junto a otros que muestran ya su independencia de carácter, que propugna una visión más heroica e idealizada de la realidad. 

Su partida para Roma debió de producirse en 1601 y allí permaneció durante unos quince años, con puntuales viajes a Bolonia (quizá en 1603, para asistir al funeral de Agostino Carracci). Allí profundizó en el conocimiento de la pintura de Rafael y la copia de esculturas clásicas. Además, Roma le proporcionó la ocasión de entrar en contacto con propuestas innovadoras como era la pintura de Caravaggio, cuyo influjo se deja sentir poderosamente en su producción de 1603 a 1605, en obras como Crucifixión de san Pedro (Musei Vaticani, Roma). A partir de este momento, Reni manifestó con total independencia su personalidad artística para importantes comitentes, como los cardenales Paolo Emilio Sfondrati o Scipione Borghese, este último sobrino de Pablo V para el que realizó los frescos de San Andrea conducido al martirio, en el oratorio de San Andrés (San Gregorio al Celio, 1609) o la Aurora para el Casino de su nombre (1614). Al mismo tiempo llevó a cabo importantes encargos para Bolonia, entre los que se encuentra Matanza de los inocentes (1611, Pinacoteca Nazionale di Bologna), una de sus obras fundamentales. En esos momentos Reni alcanzó un lugar determinante en la cultura artística romana, sufriendo la influencia de Albani, Caballero de Arpino, Rubens y Gentileschi, al mismo tiempo que influyó poderosamente en otros, como Bernini. 

En 1614 se estableció definitivamente en Bolonia, ciudad que abandonó solo para trasladarse brevemente a Roma o Nápoles. Durante este periodo realizó obras como Hipomenes y Atalanta (Prado), una de sus obras maestras más reconocidas, y creó también sus célebres personajes femeninos (Cleopatra, Lucrecia, Salomé, Judith, etc.), dulces y serenas representaciones que gozaron de amplísima popularidad y que fueron copiadas en infinidad de ocasiones. Durante sus últimos años Reni modificó su paleta, que progresivamente se fue aclarando hasta alcanzar una calidad casi monocroma, con perfiles también cada vez más imprecisos y pinceladas más libres. Alguna de estas obras ha planteado enconadas polémicas entre los especialistas en su pintura, los cuales debaten sobre si se trata de obras finalizadas, o si, por el contrario, son los cuadros que se encontraban sin terminar en su taller en el momento de su muerte.

Sus temas son principalmente bíblicos y mitológicos. Pintó pocos retratosReni dio forma a un clasicismo “accesible” o de fácil conexión emotiva, que transmitía emociones mediante miradas de arrobo. Sus medias figuras de Cleopatra suicidándose y santos en trance o agonía fueron muy demandadas en el siglo XVIII, incidiendo en el estilo Neoclásico. Posteriormente, pasó de moda como toda la pintura boloñesa de la época, aunque ha recobrado estima gracias a exposiciones, desde mediados del siglo XX.

Autor admirado en la España del XVIII, cuenta con buena presencia en el Museo del Prado, que posee entre otras pinturas una versión de su Hipómenes y Atalanta (considerada mejor que la del Museo de Capodimonte), San SebastiánMuchacha con una rosa y La Virgen de la silla. El Louvre contiene veinte de sus cuadros, la National Gallery de Londres siete, de los cuales el más interesante es una pequeña Coronación de la Virgen, pintada sobre cobre y que data probablemente de fecha anterior a la marcha del pintor a Roma.

Sobre la pintura “Santa Cecilia” de Guido Reni

Hablemos algo de la iconografía de la santa. La historia cuenta que Cecilia era una noble romana convertida al cristianismo que vivió a finales del siglo II d.C.Una crónica del siglo V cuenta que, el día de su boda con el patricio Valeriano, y mientras sonaban los instrumentos, ella dirigió una oración a Dios:

“Señor, haz puro mi corazón”

Pasaje al que, con el tiempo, se dio una interpretación que dejaba suponer que la santa invocaba a Dios al son del órgano o de otros instrumentos musicales. De ahí que la nombraran santa patrona de los músicos.

Las primeras imágenes representan a Santa Cecilia con una palma en la mano (símbolo de todos los mártires), pero ya desde el siglo XIV le fue asociado un órgano portátil con lo que se la vinculó con la Música y los instrumentos musicales.

Desde entonces ha sido habitual representarla con el semblante arrobado, es decir, con una actitud de concentración y “escucha” de las armonías celestiales.

Es como si los ángeles o el mismísimo Dios le dictaran lo que tiene que tocar. En sus imágenes, santa Cecilia nunca mira partituras (que representan la música terrenal): ella está absorta en la audición interior de la música “celestial”.

En el siglo XVII, encontraron su tumba y los restos de la mártir en la iglesia romana de Trastevere, lo que motivó un aluvión de cuadros y representaciones de la Santa. 

Casi siempre está acompañada de ángeles que sostienen los instrumentos, sus ropajes, los cuadernos de música en donde están reproducidos los versos de la famosa antífona Cantantibus organis, junto a las notaciones del bajo continuo.

Tenemos que citar la pintura de la santa, obra de Guido Reni conservada en el Norton Simon Museum of Art, en el que la santa mira al cielo mientras toca un violín y de fondo se ven los tubos de un órgano. 

En nuestra pintura, sobre un fondo neutro, aparece la santa, pero con una especie de aureola sobre su cabeza que se prolonga hacia su izquierda. La figura es monumental, con ropajes voluminosos. Se lleva su mano izquierda al pecho, mientras con la otra sostiene el violín sin llegar a tocarlo, sobre una mesa de mármol que aparece en la esquina de la composición. Tiene carnaciones nacaradas, cuello largo y gira la cabeza hacia su izquierda. La cabeza es ovalada. La boca la tiene cerrada, la barbilla marcada, la nariz recta, las cejas arqueadas y la mirada absorta. Lleva una cinta en el pelo. Su peinado con la raya en medio dibuja una graciosa silueta, y la melena le cae por su lado izquierdo. 

Abajo, un angelillo rubio de pequeñas alas le sirve de atril, ya que le sostiene una partitura, aunque esta se encuentra un poco caída. El violín marca una suave diagonal hacia la cabeza de la santa, aunque se trata de una composición triangular que culmina en dicha cabeza. Destaca la luminosidad de su túnica celeste frente a los tonos ocres.Tanto la mano izquierda del ángel como la de la santa nos llevan de nuevo al rostro de la santa música. La pincelada utilizada es minuciosa. En general, esta obra transmite una sensación de espiritualidad y calma.

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“Marina” de Juan Martínez Abades

Marina de Juan Martínez Abades

Cuadro de Juan Martínez Abades: “Marina”

En esta pieza se puede observar un paisaje de temática marina en la que destaca la luminosidad de esta época realista hacia el fin de siglo, comparando este aspecto con otros pintores. El autor propone una vista frontal en la que en un primer plano se pueden observar las rocas más grisáceas de un acantilado rodeadas de vegetación. En un segundo plano podemos observar una construcción al inicio de un segundo acantilado y cerca de este, pero más al fondo, una embarcación. Al fondo del paisaje se puede observar una línea de tierra.

Características de la pintura de Juan Martínez Abades

Pintor:

Juan Martínez Abades

Fecha/lugar creación:

Siglo XIX

Título pintura:

“Marina”

Material:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

80 x 90 cm

Sobre el pintor Juan Martínez Abades

(Gijón, 7 de marzo de 1862-Madrid, 19 de enero de 1920). Pintor español. Además de a la pintura, se dedico también a la música, aunque en menor medida. La mayor parte de su obra está compuesta por marinas, escenas portuarias y representaciones naturalistas del paisaje costero de la cornisa cantábrica. Destacar también otras obras de su repertorio de estilo costumbrista. Debido a su fama como cupletista, además de ser un hombre de mundo, contaba con distinguidas amistades como las de María Guerrero o Álvaro Retana, entre otras personalidades de la élite cultural de la Restauración.

Hijo de un industrial gijonés, comenzó a mostrar sus cualidades artísticas muy pronto, cuando se encontraba en el Real Instituto de Jovellanos, localizado en su ciudad natal. Allí se dedicaba a copiar dibujos de la colección reunida por don Gaspar. Tiempo después se trasladó a Madrid donde se formó, entre 1880 y 1887, en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado. Entre sus maestros destacan el escultor José Gragera y los pintores Ignacio Suárez Llanos y Carlos de Haes.

Con un lienzo de tema histórico, La muerte de Mesalina, se estrenó en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Estuvo pensionado por la Diputación de Oviedo en Italia y tras ese periodo se presento a la Nacional de 1890, donde consiguió la Segunda Medalla por su obra El viático a bordo (Museo de San Telmo, San Sebastián). Este premio le volvió a ser otorgado dos años más tarde por su obra El entierro del piloto (colección Masaveu, Oviedo).

En el Madrid de la Restauración y bajo la protección de Florencio Valdés, desarrolló una intensa actividad social. Participó en todas las exposiciones del panorama nacional entre 1884 y 1917 y, además, comenzó a ser un popular cupletista. A partir de 1894 y hasta su muerte, fue uno de los ilustradores gráficos más asiduos en la etapa inicial de la revista “Blanco y Negro”.

Además de en Madrid, expuso en las Exposiciones Universales de Barcelona (1888) y Chicago (1893), y en La Habana (1914). En 1891 se casó con Aurora Moreno Caubín, de origen canario. Esto le llevó a decorar, en 1906, el Salón de Actos del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Tanto en vida del artista como después de la muerte del pintor, su figura se reconoce por su producción marinista. Su obra, abundante y desigual, abarcó todos los temas relacionados con el mar: escenas portuarias o de rías, estampas navales de viejos veleros o “modernos” buques de la Armada Real, cuadros costumbristas o playeros, o las vistas naturalistas, tanto de interés geológico como episodios de crítica social. Sus referencias e inspiración a la hora de pintar eran las costas del Mar Cantábrico y de la Galicia atlántica, con un innovador apéndice canario y caribeño.

En 1987, el Museo de Bellas Artes de Asturias organizó una muestra homenaje que recorrió varias ciudades de la geografía española. También cuentan con obras de su repertorio el Museo Nacional del Prado y la colección Carmen Thyssen-Bonermisza.

Como comentábamos anteriormente, fue alumno de Carlos de Haes. Haes fue un pintor español de origen Belga. Se le puede clasificar como paisajista dentro de la tendencia general del realismo. En 1857 obtuvo la Cátedra de Paisaje en la Escuela Superior de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Desde entonces hasta 1898, año de su muerte, el pintor compartió sus conocimientos y su entusiasmo personal con un gran número de alumnos de variada condición social.

Haes practicaba y recomendaba, tanto técnica como ideológicamente,  el uso de métodos tradicionales. A pesar de este hecho, la propia dinámica de las “campañas” que Haes organizaba en su cátedra para pintar paisajes al natural llevaría a que muchos de sus alumnos practicasen el «auplein air/en plein air».

Aureliano de Beruete, Darío de Regoyos o Jaime Morera fueron plenairistas sin escuela pero de hecho. Además de los mencionados, otros alumnos de Haes viajaron a Francia y tuvieron la oportunidad de compaginar las enseñanzas de Haes con las propuestas más revolucionarias y rompedoras de miembros de la escuela de Barbizón y de personalidades del impresionismo comoClaude Monet, Camille Pisarro y Pierre-Auguste Renoir.

En sus pinturas, Haes se apoyaba en un contacto mucho más directo con la naturaleza, por sus frecuentes excursiones al aire libre para tomar apuntes y realizar bocetos de paisajes que le proporcionaron una perspectiva mucho más realista de como la concebían sus antecesores. Esto supuso una importante renovación del género del paisaje en España.

 Sobre la Marina de Juan Martínez Abades

A continuación trataremos sobre la temática representada. Conocida como “marina” o “pintura de marinas”, esta temática engloba cualquier forma de arte inspirada en el mar. En esta temática se incluyen representaciones a mar abierto, batallas navales, embarcaciones, lagos, ríos, estuarios, escenas de playa, etc.

Sin ser un género pictórico de primer orden tiene gran desarrollo en Europa entre los siglos XVII y XIX. En España es una temática frecuente.

En el cuadro que tenemos delante se puede destacar su luminosidad, característica de la época realista en la que se encuentra, comparando este aspecto con pintores como Mariano Fortuny (1838-1874), el propio Carlos de Haes mencionado, Martín Rico (1833-1908) o Aureliano de Beruete (1845-1912) o Joaquín Sorolla (1863-1923).

En la pintura se puede observar un paisaje captado desde un acantilado, en el que vemos dos formaciones rocosas más según alejamos la vista. Al fondo del todo se puede ver una línea de tierra. En primer plano vemos unas piedras, de tono más grisáceo, y alrededor algo de vegetación. Sobre el comienzo del segundo acantilado podemos apreciar lo que parece una muralla o una fortificación.

El mar, de un color azul oscuro en su mayor parte, presenta olas que, sin ser fuertes, se puede ver como golpean contra las rocas del acantilado, formando una espuma de color blanco a los pies de este. Al fondo, muy pequeño, se ve un barco. El cielo está despejado, con un toque anaranjado en algunas zonas.

Es claro el uso de la pincelada dividida en el agua por parte de Martínez Abades, lo que le da al reflejo del acantilado un gran efecto de realidad. Todas las características de la obra (horizontalidad, el tema, suavidad de los colores) la convierten en una pintura suave en la que casi se puede escuchar el sonido del mar.

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