Cristo con la cruz a cuestas en la calle de la Amargura – Antonio Arias

antonio arias cuadro

Pintura atribuida a Antonio Arias: Cristo con la Cruz a cuestas en Calle de la Amargura

Pintura Antonio Arias

Es parte del ciclo de la Pasión de Cristo y del Via Crucis, y contiene muchos episodios que pueden ser objeto de tratamiento artístico por separado o bien representarse conjuntamente (el Cirineo, la Verónicalas caídas, etc.). Los episodios anteriores son los relacionados con el juicio de Cristo y los posteriores son los relacionados con la crucifixión.

Características cuadro atribuido a Antonio Arias

Pintor:

Antonio Arias

Fecha/lugar creación:

S/N

Título pintura:

“Cristo con la Cruz a cuestas en la Calle de la Amargura”

Material:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

148 x 107 cm sin marco | 176 x 138 cm con marco

Otros datos:

Pintor barroco español de la Escuela Madrileña
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Sobre Antonio Arias Pintor

(Madrid, h. 1614-1684). Pintor español. Formado con Pedro de las Cuevas, fue un artista precoz. A los catorce años, según Palomino, recibió su primer encargo: el retablo de los carmelitas calzados de Toledo (perdido). En 1639 contrató, junto a otros artistas, cuatro lienzos para la decoración del salón dorado del Alcázar Real, siendo Carlos V y Felipe II la única obra de su mano que del conjunto se conserva. A partir de 1645, en que abrió un estudio en Madrid, tuvo numerosos encargos en su mayor parte de carácter religioso, tanto obras devocionales como lienzos destinados a series conventuales.

Entre las primeras destacan Cristo recogiendo sus vestiduras (1645, convento de las Carboneras, Madrid); La moneda del César (1646, donado por los duques de Monteleón al monasterio benedictino de Montserrat de Madrid); San Antonio de Padua (1650, colección Plasencia, Bilbao); Virgen con el Niño(h. 1655), y Piedad (1658, convento de las Carvajalas, León); así como numerosas representaciones de temas marianos, evangélicos y de santos. De las series, cabe señalar los once lienzos de la Pasión de Cristo para el claustro del convento de San Felipe el Real -de los cuales el Museo del Prado conserva Cristo con la cruz a cuestas, encuentra a la Verónica y Jesucristo lavando los pies a san Pedro, firmados en 1657-, y dos Apostolados con el Salvador. A juzgar por la biblioteca que poseía, era hombre culto, que se diferenciaba del prototipo del artista de su tiempo. Falleció, según Palomino, en la miseria, en el Hospital General de la corte.

Antonio Arias Fernández (Madrid, c. 1614 – Madrid, 1684), pintor barroco español, perteneciente a la escuela madrileña. Su estilo es bastante personal, con gusto por las formas rotundas, y una gran maestría en la caracterización de sus personajes, sobre todo en la expresión de los rostros. El modelado escultórico de las figuras, la paleta de colores claros y cierto naturalismo nos remiten a la obra de Juan Bautista Maíno, mientras que algunas de sus vírgenes son francamente zurbaranescas. Con el tiempo sus composiciones irán resultando más arcaicas, apegado a formulismos escurialenses e incapaz de adaptarse a las nuevas tendencias del barroco más decorativo.

Sobre la obra: “Cristo con la cruz a cuestas en la calle de la Amargura”

Veamos el tema representado. Cristo llevando la cruz es un episodio evangélico y tema artístico muy frecuente en la devoción y el arte cristiano, denominado también de muchas otras formas (Jesús o Cristo portando la cruz o su cruz -con mayúsculas en la mayor parte de la bibliografía-,​ cargando la cruzcon la cruz a cuestas​ o al hombro, etc.) 

En los primeros siglos del arte medieval se solía representar no tanto a Cristo sino a Simón de Cirene llevando la cruz. Desde entonces crece mucho la complejidad de la escena representada. En la pintura bizantina se representa típicamente a Jesús caminando con las manos atadas, y un soldado tirando de la cuerda, mientras que el Cirineo carga con la cruz. En algunas representaciones muy tempranas, Jesús y Simón Cirineo llevan juntos la cruz.

Al final de la Edad Media, posiblemente por influencia de las representaciones dramatizadas de la Pasión, se pasó a representar a Cristo rodeado de una gran multitud cuyos rostros muestran todo tipo de sentimientos, desde la ferocidad hasta el dolor, pasando por la burla, la aceptación o la indiferencia.​

En los primeros ejemplos de este tema artístico, el peso de la cruz no parece representarse como una gran carga, mientras que en la Baja Edad Media sí se insiste en ello, haciendo arrastrar su parte inferior por el suelo, al igual que se intensifica la representación del sufrimiento de Cristo.​ También se hace más habitual que aparezca la cabeza de Jesús con la corona de espinas, mientras que antes no.

Algunos ejemplos primitivos representan únicamente a Cristo cargando la cruz, tipología que se continúa en el Renacimiento y el Barroco con encuadres más centrados en la mitad superior de la figura (Norte de Italia, desde 1490). En contraste con ello, la mayor parte de los denominados andachtsbilder, el sufrimiento de Cristo se plasma de forma más evidente en las escenas más complejas, que incluyen una multitud hostil.​ A medida que los trípticos y otras formas de retablo se hicieron populares, la escena pasa a ocupar el panel izquierdo, reservando el panel central para una Crucifixión y el panel derecho para una escena posterior, como el Descendimiento, el Entierro de Cristo o la Resurrección para el panel derecho.

Desde 1500, con el Renacimiento pleno, y luego con el Manierismo, el tema pasa a ser elegido como escena única para las pale italianas, seleccionando escenas concretas, como la de Verónica o el desmayo de la Virgen (Lo Spasimo del Virgine), introducción moderna no referida explícitamente en las Escrituras. ​El tema se siguió tratando en el Barroco.

Verónica, según la tradición cristiana, fue la mujer que, durante el Viacrucis, tendió a Cristo un velolienzo o paño (el pañolienzo velo de la Verónica, también llamado “Verónica” a secas) para que enjugara el sudor y la sangre. En la tela habría quedado milagrosamente impreso el Santo Rostro. La escena no se encuentra en los evangelios canónicos, sino en los apócrifos (Evangelio de Nicodemo).

Se le rinde culto por su vinculación con la figura de Cristo, como a otras Santas Mujeres, y es muy común su representación pictórica o escultórica portando el paño. En ocasiones, el personaje de Verónica se identifica con el de la Hemorroísa.

El tema fue muy desarrollado en el arte cristiano occidental desde finales de la Edad Media. Tiene notables ejemplos en los primitivos flamencos, el Renacimiento y el Barroco.

La pintura muestra la calle de la Amargura. Jesús en el lado derecho de la pintura se encuentra caído con una mano apoyada en el suelo. Mira expresivamente pidiendo consuelo al espectador. La corona de espinas es verde y muestra abundantes espinas. La cruz que carga a cuestas es escuadrada. Delante suya encontramos las santas mujeres que le lloraban en su camino. La verónica, tendida, tiene el paño para enjuagarle la cara a Cristo. Un personaje, probablemente Simón de Cirene ayuda a Cristo a sostener la cruz. Detrás de este, un personaje en actitud de caminar lleva una cesta con los clavos para crucificarlo. Delante de este y de fondo, soldados romanos a caballo van mostrando el camino a seguir. En el otro extremo del cuadro de fondo, otros personajes, con lanzas, que parecen romanos, aunque con una indumentaria no usual para representar a estos personajes. Se puede ver un fondo arquitectónico.

Destaca la monumentalidad de las figuras, la mujer que se encuentra tendida a la izquierda (Verónica) tiene gran corporeidad en su indumentaria. Las figuras entreabren la boca y levantan las cejas. Predominan en las ropas los tonos ocres y verdosos. También llama la atención el personaje que avanza con mucha decisión con los clavos, y el amable rostro del cirineo, era una persona del campo, y esto se puede apreciar en el rostro, ya que es un personaje de la calle. 

Hay que relacionarlo con la pintura de la misma temática y autor que se conserva en el Museo del Prado, aunque también presentan monumentalidad, cristo y la Verónica se encuentra de pie, y alteran el orden de la composición ya que Cristo avanza de izquierda a derecha y las santas mujeres están a la derecha. 

 

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Virgen con el niño coronada por ángeles de Angelino Medoro

virgen con el niño angelino medoro

Pintura atribuida a Angelino Medoro: Virgen con el niño coronada por ángeles

 

En el cristianismo católico y ortodoxo la Coronación de la Virgen es una secuencia más dentro del ciclo de la vida de la Virgen María. Pertenece esta creencia a la tradición y su referencia en los libros sagrados de la Biblia se encuentra en el capítulo 12 del libro del Apocalipsis.

Características del cuadro atribuido a Angelino Medoro

Pintor:

Angelino Medoro

Fecha/lugar creación:

S/N

Título pintura:

“Virgen con el niño coronada por los ángeles”

Material:

Pintura sobre cobre

Medidas:

30x22cm

Otros datos:

Pintor italiano siglo XVI-XVII
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Sobre el autor del cuadro “Virgen con el niño coronada por los ángeles”: Angélico Medoro

Angelino Medoro, también conocido como Angélico Medoro, (Nápoles , 1567 – Sevilla , 1631 ) fue un pintor italiano que emigró al Virreinato del Perú vía España. Su actividad tuvo una importante influencia en el arte de este territorio y, en particular, en la escuela cuzqueña.

Tras su formación posiblemente romana viajó a Sevilla en 1557 atraído por el ambiente artístico de la ciudad o siguiendo la tendencia de emigrar de numerosos pintores italianos.​ Se embarcó hacia Perú permaneciendo antes por algunos años en Colombia y Ecuador.

La primera obra americana fechada es la Virgen de la Antigua (1587-88) en la capilla Hernández de Roa de la iglesia de Santo Domingo de Bogotá. Su estancia en Colombia se repartió entre Tunja y Santa Fe de Bogotá.

Según el historiador de arte peruano Ricardo EstabridisMedoro llegó al Perú hacia 1600, fecha en la que firmó un contrato con la orden mercedaria para pintar a su virgen patrona. La mayor parte de su obra se encuentra en Lima habiendo recibido encargos de los más importantes conventos de esa ciudad.

Durante su estancia en Lima se formaron en su taller el pintor indígena Pedro Loayza y Luis de Riaño.

A partir de 1622 Medoro está de nuevo en Sevilla donde toma como aprendiz a Juan de Mesa. Estaba casado con Doña María de Mesta y Pareja.

Su obra es dispar en estilo y calidad. En una primera etapa se notan caracteres contramanieristas, alejados del estilo de Bitti, para posteriormente dejarse influenciar por la Escuela sevillana de pintura de fines del XVI, caracterizada por la pervivencia del canon manierista junto con la introducción de fórmulas naturalistas. En su obra se aprecia cierta preocupación por los fondos, abiertos a espacios arquitectónicos, y la preferencia por los colores tierra, a diferencia de los utilizados por Bitti.

Hablemos del tema representado. Su promoción está en un relato atribuido a San Melitón, obispo de Sardes (ciudad de Asia Menor) en el siglo II, que fue divulgada en el occidente cristiano el siglo VI por Gregorio de Tours y más tarde en el siglo XIII por Santiago de la Vorágine en su Leyenda dorada.

Sobre la obra: La Virgen y el Niño

El relato supone que en Cuerpo y Alma, María sube a los cielos (Asunción de la Virgen) y allí es coronada por Cristo, Dios Padre o la Trinidad.

Este tema aparece por primera vez en Francia en el siglo XX, en el tímpano de la puerta principal de la catedral de Notre Dame de Senlis (1190). 

En este caso la Virgen es coronada por dos ángeles y aparece sentada con el niño en sus brazos. Hay que compararlo iconográficamente con un grabado anónimo alemán fechado entre 1518 y 1600? titulado La Virgen con el Niño coronada por dos ángeles que se conserva en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid. 

También hemos de comparar iconográficamente con la Virgen con el Niño coronada por dos ángeles, de un discípulo de Hans Memling (ca. 1500) que se encuentra en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid.

Sobre un fondo celestial de nubes aparece sentada de medio cuerpo con rotundidad la imagen de la Virgen, vestida con los colores tradicionales jacinto y azul, con manto adornado con brocados en los bordes y perlas en el cuello de la túnica. Inclina su cabeza hacia la derecha, mirando a su hijo, pero con un rostro algo ausente, tienenariz y boca menudas, y cubre su cabeza con un tocado blanco dejando caer el pelo rubio de gran detallismo ondeante por delante del manto. Posee halo de santidad de rayos dorados. Con su mano izquierda coge el pie de su hijo y con la derecha lo sostiene por la espalda. Éste mira arriba a su madre y le echa los brazos como queriendo abrazarla. Tiene pelo rizado rubio y un halo resplandeciente de rayos dorados al igual que su madre.

Dos ángeles erguidos tras la figura de la Virgen le ponen la corona, esta es de flores y algo pequeña, la van a coronar como reina de todo lo creado. Uno de los ángeles lleva una flor en la mano que parece ser una rosa, símbolo de la perfección de María. Un ángel mira hacia arriba, otro hacia abajo, uno a la Virgen y otro a la paloma. Arriba del todo y también con halo de rayos dorados, como hemos dicho, la paloma del espíritu santo. 

Destacamos los numerosos pliegues que presenta el manto amarillo que envuelve al niño, también se ven en el ángel de ropa lila. Los colores de las ropas, en el niño y sobre todo en los ángeles, son colores que nos llevan a la tradición manierista. Las carnaciones están tratadas con suavidad, lo que la convierte junto con el tema en una pintura amable.

Detalle del cuadro de Angelino Medoro: “Virgen y el niño coronada por dos ángeles”

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San Francisco y un ángel cuadro siglo XVII

San Francisco y un angel cuadro

Pintura Siglo XVII “San Francisco y un ángel”

Características del Cuadro Escuela Sevillana “San Francisco y un Ángel”

Autor:

Escuela Sevillana

Fecha/lugar creación:

Siglo XVII

Título pintura:

San Francisco y un ángel

Material:

Óleo sobre lienzo

Medidas:

89x63cm sin marco / 117 x 118cm con marco
Otros datos: Escuela Sevillana
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Sobre el protagonista del cuadro San Francisco de Asís

Francisco de Asís (en italiano Francesco d’Assisi, nacido Giovanni di Pietro BernardoneAsís1181 /1182​-ibidem3 de octubre de 1226)​ es un santo umbro (italiano)diácono,​ y fundador de la Orden Franciscana, de una segunda orden conocida como Hermanas Clarisas y una tercera conocida como tercera orden seglar, todas surgidas bajo la autoridad de la Iglesia católica en la Edad Media. Destaca como una de las grandes figuras de la espiritualidad en la historia de la cristiandad

Tras la experiencia mística de la estigmatización, San Francisco es reconfortado por un ángel. El tema de la consolación angélica se hizo muy popular en la pintura italiana a partir de la segunda mitad del siglo XVI. Sabemos que se trata de este momento al ver la llaga en su mano izquierda, que muestra extendida. Es el momento en el que el ángel se le aparece al santo.

El santo, con hábito franciscano, de medio cuerpo, tiene un brazo extendido como hemos dicho, y se lleva la otra mano al pecho, de forma teatral. Presenta la tonsura en la cabeza.

El ángel tiene una postura muy dinámica, y aunque su cuerpo mira en dirección contraria al santo, vuelve su cabeza hacia él y la agacha. La túnica es muy movida, y las alas extendidas marcan una fuerte diagonal. Coge con las dos manos una bola, referencia a la bola del mundo de Dios Padre. El ángel está sobre una nube.

En el fondo, podemos ver árboles a la izquierda y un celaje azul que se convierte en un rompimiento de gloria dorado, donde tonos grises sirven de transición. La nube tiene reflejos de estos tres colores. 

Se puede poner en relación por el tema y los fondos, con la Estigmatización de San Francisco de Bartolomé Esteban Murillo que se encuentra en el Museo de Cádiz. La pieza que nos ocupa pese a lo intenso del tema, también presenta amabilidad.

Por el mayor movimiento y teatralidad, podemos decir que estamos en la segunda mitad del siglo XVII, cuando ese barroco más movido, influido por Bernini y Rubens es introducido en España. 

En esta mitad del siglo la pincelada se hace más suelta, como podemos ver en la túnica del santo. Llama la atención la pierna del ángel en escorzo.

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“Santiago y San Pedro” de Francisco Ribalta pintura s.XVI

Santiago y San Pedro- Francisco Ribalta

Pintura siglo XVI: “Santiago y San Pedro” de Francisco Ribalta

  • “Santiago y San Pedro”
  • Óleo sobre lienzo
  • Medidas: 35x45cm ( marco 43x 55 cm)
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Acerca del cuadro “Santiago y San Pedro” de Francisco Ribalta

El presente óleo sobre lienzo está datado entre finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, dentro de la producción del pintor Francisco Ribalta.

La obra nos muestra las figuras de Santiago y San Pedro, de

los que sólo podemos observar el busto y parte de vestimenta, oscura, con una capa roja por encima. Podemos apreciar una gran calidad técnica en el tratamiento de los pliegues del ropaje y las carnaciones, que destacan sobre el fondo oscuro de la escena.

También la captación psicológica de los personajes está muy conseguida, a través de sendas miradas profundas y con un brillo muy naturalista, sin duda propio de la producción de este gran maestro.

Acerca del pintor siglo XVI: Francisco Ribalta

Ribalta es un pintor de origen catalán que se formó en el entorno escurialense rodeado de las colecciones reales de arte italiano, lo que sin duda ejerció una gran influencia sobre su obra. A partir de esta etapa formativa y de una serie de viajes que realizará en su vida, Ribalta va a adoptar un estilo ecléctico, a medio camino entre el último manierismo y el primer barroco que encontrará su máxima expresión en pintores como José de Ribera. Los escorzos muy marcados influidos por Tibaldi, un gran dramatismo en algunas escenas que recuerdan a Navarrete e importantes juegos de clarosucuro ( con en este caso) que presenta reminiscencias de Cambiasio forman parte de su obra.

Pero si por algo destacó Francisco Ribalta es por la profunda humanidad de sus figuras. En relación al lenguaje simbólico de Ribalta, encontramos una gran cercanía que conecta con el espectador, ya que su pintura se encuentra estrechamente ligada a los ideales de la Contrerreforma. Las figuras religiosas se humanizan, se hacen más cercanas, más palpables, como vemos en este caso. Los personajes miran en diferentes direcciones, uno hacia el espectador y el otro mira hacia éste, con una mirada tierna y casi se podría decir que compasiva. El pintor utiliza este sutil juego de contacto de manera que lo que aprecia el espectador es una sensación de cercanía entre ambos personajes, como en el caso de otro de sus cuadros más famosos, Cristo abrazando a San Bernardo que se encuentra en el Museo Nacional del Prado, obra con la que este lienzo presenta varias similitudes a nivel simbólico.

Ribalta, además de excelente pintor de escenas religiosas, fue un excelente retratista, sobre todo durante la primera etapa de su producción en Madrid ( entre 1585 y 1598), por lo que no debe extrañar la gran habilidad para dota de vida a sus personajes. A partir de 1599 se fue a Valencia, muy probablemente alentado por la demanda artística del patriarca arzobispo Juan de Ribera, donde permanecerá el resto de su vida.

Si analizamos la trayectoria y la evolución de la obra de Ribalta podemos realizar una aproximación a la cronología de la obra. A partir del año 1610 se produce un punto de inflexión en la vida y trayectoria de Ribalta, marcado por la expulsión de los moriscos y por la muerte del antes mencionado Ribera en 1611. Su arte en esos momentos adoptó un tono más profundo, intimista y muy ligado a la ya mencionada Contrarreforma, todo combinado con sus siempre naturalistas representaciones humanas. Se pierde la gesticulación inicial para realizar figuras más profundas e intensas. Los colores también van a experimentar este cambio, volviéndose más sobrios contenidos, como es este caso. Por lo tanto, el presente lienzo sería una obra de su última etapa, fruto del proceso de madurez artística de este maestro español.

Detalles del cuadro “Santiago y San Pedro” – Francisco Ribalta

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PRESENTACIÓN DE LA CABEZA DE POMPEYO A JULIO CÉSAR. PEDRO RODRÍGUEZ DE MIRANDA

PRESENTACIÓN DE LA CABEZA DE POMPEYO

Nos encontramos ante una obra de factura española, datada en el siglo XVIII y atribuida a Pedro Rodríguez de Miranda, autor perteneciente a la generación de pintores que se encuentra a medio camino entre la tradición de la pintura barroca española y la influencia de los maestros franceses e italianos traídos por Felipe V a la corte madrileña. La pintura representa el tema histórico de la presentación de la cabeza de Pompeyo a Julio César. En torno al año 48 a. C, la República Romana se encontraba sumida en una guerra civil. Pompeyo fue derrotado en la Batalla de Farsalia, acontecimiento decisivo para el fin de la República y el inicio del Imperio Romano. Tras la derrota, Pompeyo buscó asilo político en Egipto. El asilo le fue concedido inicialmente por Potino, tutor de Ptolomeo XIII y personaje de gran poder, aunque en realidad todo resultó un engaño y ordenó cortarle la cabeza a Pompeyo para ganarse el favor de Julio César. La cabeza de Pompeyo le fue ofrecida al nuevo emperador como un obsequio, pero él respondió con pena y repugnancia, ya que había concedido la amnistía a sus enemigos, y ordenó que se localizara el cuerpo de Pompeyo y la organización de un funeral romano digno.

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El cuadro que nos ocupa muestra el momento preciso en el que Julio César recibe la cabeza de su adversario. Se trata de una obra que se enmarca dentro de la pintura de historia que se popularizó en España a partir del siglo XVIII y que mostraba cierta inclinación hacia los temas de la Antigüedad, sobre todo en el caso de las obras realizadas por los artistas que formaban parte de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, bien como encargo por parte de algún cliente, bien como prueba o examen para acceder a la Academia. El autor, Pedro Rodríguez de Miranda, es uno de los autores del barroco madrileño con mayor calidad artística, discípulo de su tío Juan García de Miranda, enseguida consiguió trabajo como restaurador de la colección de pintura del Palacio Real y debido a su destreza fue nombrado pintor del rey en 1774.Actualmente tiene una presencia importante en el Museo Nacional del Prado, que conserva varias obras suyas de temática religiosa que se enmarcan en un estilo muy próximo a la escuela de Claudio Coello y Juan Carreño de Miranda.

La escena se desarrolla en un interior que evoca el pasado romano, idealizado y con elementos significativos del mundo barroco, como es el caso de la arquitectura, en la que podemos apreciar un conjunto de columnas salomónicas doradas que nada tienen

que ver con la arquitectura romana. También las vestimentas de los personajes que no son soldados muestran prendas típicas del siglo XVIII. Este tipo de anacronismos han sido muy habituales en toda la historia del arte y sirven para acercar más el tema al espectador y facilitar la lectura de la obra a través de esos elementos que resultan más familiares.

En cuanto a la espacialidad, la escena principal se desarrolla en el primer plano de la obra, el centro de la composición está ocupado por un grupo de personajes que le muestran la cabeza de Pompeyo a Julio César a los pies de una escalera que aparece velada y a la derecha sobre dicha escalera la figura del emperador con expresión de repulsa ante lo que está viendo. Alrededor de esta acción principal se sitúan un gran número de personajes que contemplan lo que está pasando, incluso en los últimos planos de la obra podemos ver un gran número de personas asomadas por diferentes rincones del edificio. Con esta forma de situar los personajes dentro de la arquitectura Pedro Rodríguez de Miranda consigue crear una obra dinámica pero a la vez equilibrada espacialmente y con un gran sentido teatral muy propio de la pintura barroca, algo que se puede apreciar en elementos como las columnas, escaleras, el gran textil que se muestra tras la figura de Julio César y los gestos, en los que prima el lenguaje de las manos en las figuras de los personajes principales y que le dan al acontecimiento narrado un gran sentido de instantaneidad.

En lo que respecta a la técnica, al igual que en el caso del tratamiento espacial estamos ante una obra que demuestra la madurez y calidad del artista. El tratamiento de la luz es sutil pero efectivo, muy hábilmente trazado a través de los elementos de la composición, sobre todo la arquitectura, que se abre hacia el fondo mostrando la luz del día y contribuyendo a la creación de una perspectiva naturalista y a través de diferentes juegos de luces y sombras el pintor otorga o resta importancia a los personajes de los primeros planos. Tampoco faltan los elementos anecdóticos como el niño negro o el perro del primer plano. En este último caso, y junto con el adoquinado del suelo, podemos ver una clara referencia a la pintura italiana, que desde el siglo XVI se había servido de estos elementos en el suelo para crear la sensación espacial y conseguir mayor perspectiva, como en el caso del famoso Lavatorio de pies de Tintoretto ( Museo del Prado). El perro en primer plano también aparece en dicha obra y en muchas otras de pintores italianos y tuvo mucha influencia en la obra de artistas de otras

nacionalidades, como es el caso de Ruben o Velázquez, artistas que conocía a la perfección por su gran presencia en las colecciones reales

Se trata de una obra en la que se conjugan a la perfección la expresividad y teatralidad del barroco y el gusto por la Antigüedad que se empieza a gestar en el siglo XVIII y que terminará desembocando en el nacimiento del Neoclasicismo.

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NIÑOS RECOGIENDO FLORES. JOSÉ LLANECES

El presente cuadro forma parte de la producción del pintor y escultor español José San Bartolomé LLaneces, más conocido en el mundo atístico como José LLaneces, artista activo entre finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX.

Aunque de origen humilde, sus grandes cualidades artísticas le llevaron en su infancia a estudiar a en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid y posteriormente en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, lugar desde el cual acudía al Museo del Prado con regularidad para estudiar las obras de los grandes maestros, especialmente Velázquez, su gran influencia en sus primeras obras.

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En 1888 viajará a París y a partir de ese momento se convertirá en uno de los pintores españoles más internacionales. Formó parte activa de la colonia de artistas españoles en Francia. Allí pintaba pintura de género y retratos que vendía a buen precio y se especializó, junto con los pintores Francisco Domingo Marqués y Máximo Juderías Caballero, en uno de los géneros de moda de la época y que le catapultaría a la fama, la llamada pintura de casacón, que representaba personajes ataviados al estilo de los siglos XVII y XVIII. Su presencia en los círculos artísticos del momento fue muy notoria, participando en varias Exposiciones Universales en las que siempre conseguía reconocimiento, como en el caso de la Exposición Universal de París, por la cual consiguió ser nombrado Caballero de la Legión de Honor francesa. Asimismo fue nombrado Caballero de la Orden de Carlos III por su gran aportación artística en el extranjero. También formó parte de la junta directiva de la Asociación de Artistas Españoles residentes en París.

En las primeras décadas del siglo XX volverá a España y se instalará en Madrid protegido por la reina Maria Cristina donde continuó su labor pictórica para la Casa Real y personajes distinguidos de la sociedad madrileña. A partir de ese momento comienza una gran actividad que le llevará a la organización de varias exposiciones individuales tanto en Madrid como en Sudamérica, especialmente en Argentina, donde realizó muchos contactos exitosos que se tradujeron en encargos.

La obra de LLaneces es ecléctica y se va a adaptar las necesidades de esta variada clientela, aunque siempre se mantuvo fiel a su espíritu académico y rechazó las nuevas corrientes pictóricas vanguardistas. Además de sus famosos cuadros de casacón, que fueron pasando de moda medida que avanzaba el siglo XX, LLaneces realizará otro tipo de obras de tipo costumbrista con un marcado carácter decorativo, como es el caso de Niños recogiendo flores, que muestra un estilo muy cercano a la pintura de Mariano Fortuny y a la de Joaquín Sorolla. Con este último podemos establecer varias similitudes en el uso del color, el tratamiento de los niños desnudos y el uso de la luz. Además, a nivel personal ambos estuvieron vinculados con el mundo de la fotografía (Sorolla por contacto con su suegro y LLaneces porque en su infancia fue ayudante del famoso fotógrafo Pedro Martínez de Herbert), lo que sin duda influyó en la obra de ambos artistas.

En esta obra LLaneces nos muestra una escena amable, elegante y colorista con una técnica impecable y cuidada.

En un primer plano observamos una pequeña zona de sombra en la que se ubica un cesto con flores, seguido de un segundo plano más desarrollado en profundidad a través de las sombras de los personajes, en el que se desarrolla la escena principal: cuatro niños pequeños, desnudos y de proporciones redondas, como los angelotes clásicos, recogen flores de un pequeño árbol y las almacenan en cestas. Cada uno parece tener una tarea asignada, de modo que consigue una composición y una escena muy dinámicas. Por último,el tercer plano nos ayuda a situar espacialmente la escena, una casa blanca con una tapia parcialmente cubierta de vegetación. En la parte derecha, relegado a la esquina superior derecha, el cielo despejado. Es una escena veraniega, en un ambiente de playa, en la que Llaneces hace alarde un conocimiento extraordinario de la luz, dorada, que recae sobre los cuerpos de los niños, sonrosados por la exposición, creando esa sensación atmosférica de un verano soleado. El delicado y estudiado juego de sombras que proyectan todos los elementos del cuadro contribuye a una sensación espacial todavía más auténtica. El lienzo parece ser, además, producto de un encargo o quizá regalo familiar, ya que presenta a una dedicatoria.

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DESCENDIMIENTO DE CRISTO Atribuido a CIRO FERRI

DESCENDIMIENTO DE CRISTO Atribuido a CIRO FERRI

Medidas:60 X57cm

La presente obra representa el tema bíblico del Descendimiento de Cristo y está atribuido al pintor y escultor Ciro Ferri, principal sucesor de Pietro da Cortona y uno de los artistas más consolidados del barroco romano. Su producción artística, tanto escultórica como pictórica está repartida por toda la geografía italiana, siendo algunas de sus más importantes obras sus aportaciones junto a su maestro a las pinturas al fresco del Palacio Pitti de Florencia, y de forma individual los frescos de las Sagradas Escrituras de la Iglesia de Santa María en Bérgamo, así como numerosas intervenciones en diferentes iglesias de Roma. Se trata de un artista muy completo que también realizó diseños arquitectónicos y dibujos para grabados, lo que le granjeó el apoyo de la familia Médici, que le asignó una plaza en la Academia Médici de Roma, establecida en 1673 por el Duque Cosme III de Médici.

En lo que respecta al estilo Ciro Ferri continua de forma literal la tradición del dibujo florentino en la que se había formado Cortona y en las investigaciones que éste llevo a cabo sobre la unificación del espacio en las composiciones, el ilusionismo y la captación de la luz. Cortona desarrolló un estilo monumental destinado a glorificar los motivos iconográficos preferidos de la Iglesia Triunfante, ya que trabajó sucesivamente para tres Papas (Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII). Su obra supuso, dentro del contexto de la escuela romana del siglo XVII una fuente de renovación a través de sus pinturas pero también de sus diseños arquitectónicos, que contribuyeron de forma decisiva a la transformación de la Ciudad Eterna. El éxito de su estilo le proporcionó un gran número de seguidores, entre los cuales Ferri destaca por encima de los demás por su extraordinaria calidad.

En la obra que nos ocupa nos encontramos una obra fiel en lo que respecta a la concepción del tema icongráfico pero absolutamente novedoso en los aspectos formales de la obra.

El tema del Descendimiento de Cristo, al igual que otros de los episodios que forman parte de la Pasión, se conmemoraba en las oraciones vespertinas del Viernes Santo, y en su origen estaba muy influido por los autos sacramentales y los misterios medievales, de modo que las figuras configuran un espacio que sigue escenografías teatrales, una cuestión que en la pintura barroca se lleva a un nivel superlativo. Al tratarse de un tema iconográfico que deriva de la Crucifixión suelen aparecer a ambos lados de la cruz la figura de la Virgen y San Juan, como es este caso. La Virgen aparece arrodillada frente al cuerpo de su hijo muerto, con las manos en actitud de oración y San Juan detrás de ella se lleva una mano al pecho y extiende la otra, creando ambos un lenguaje corporal muy expresivo, teatral y muy característico de la pintura italiana de este periodo. Otra de las figuras recurrentes en este tema, sobre todo a partir del siglo XIII (momento en el que se empiezan a introducir más personajes en el Descendimiento) es la de María Magdalena, que aparece junto a la Virgen con un gesto muy dramático, extendiendo una mano y secándose las lágrimas con la otra. La composición la cierran los putti, uno que abre el sepulcro de Cristo y dos que son testigos de la escena desde las alturas.

El tratamiento de las figuras es muy monumental, volumétrico y dinámico, lo que no sólo está determinado por los gestos sino también por el tratamiento de las texturas, los pliegues de los ropajes y las carnaciones. En este último aspecto la figura más sobresaliente es la del cuerpo de Cristo muerto en la que Ferri hace alarde de su maestría en el uso del color, totalmente grisáceo, con el que hace hincapié en la ausencia de vida en el cuerpo, y que forma un marcado contraste con la gama cromática del grupo de personajes que lo acompaña.

En lo que respecta a la composición del cuadro, se trata del aspecto más novedoso. La escena está captada desde un punto de vista bajo, creando así un mayor efecto de monumentalidad en las figuras que estamos contemplando, que se disponen en torno a una gran diagonal marcada por el terreno y subrayada por el cuerpo de Cristo. Esta composición tan propia del barroco, junto con el tratamiento de las nubes recrean una atmósfera de gran inestabilidad y potencian el dramatismo de lo que está aconteciendo, absorbiendo por completo la atención del espectador.

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ALEGORÍA DE LA PRIMAVERA. A tribuido a Gerard de Lairesse

ALEGORÍA DE LA PRIMAVERA. A tribuido a Gerard de Lairesse

Medidas: 80×113 con marco 87×130 cm

La presente alegoría de la primavera está atribuida al pintor holandés Gerard de Lairesse, activo entre los siglos XVII y XVIII y uno de los máximos exponentes de la pintura del Barroco final en Holanda.

Como figura principal de la composición nos encontramos con una mujer sentada en lo que podría ser un trono cubierto por completo de flores, rodeada de pequeños seres que interactúan con ella. Uno de ellos, situado a la derecha le ofrece una cesta con flores que ella acaricia delicadamente; en un segundo plano, una pareja de amorcillos sostiene una planta enredadera con flores azules que utilizan para coronar a la mujer. Toda la escena acontece en un entorno natural y se desarrolla en una composición equilibrada, con un eje central formado por la figura alegórica de la mujer que mira directamente al espectador.

En cuanto al estilo nos encontramos con una pintura correspondiente a la madurez estilística de Gerard de Lairesse , que a lo largo de su trayectoria fue abandonando la tradición de la pintura holandesa imperante en su país- cuya figura máxima era Rembrandt- por un gusto más próximo al estilo clasicista francés pujante en esos momentos en otros países europeos, más cercano a la obra de artistas como Pierre Mignard. En este sentido es importante destacar que Lairesse contribuyó de forma decisiva a la introducción de la pintura clasicista francesa en Holanda, algo por lo que terminó recibiendo el apodo de “el Poussin holandés”. También el cuadro se enmarca dentro de los temas predilectos del pintor, que eran los relacionados con temas mitológicos y las series de figuras alegóricas, como la que realizó en 1668 con los cinco sentidos.

En este caso nos presenta una figura alegórica de la primavera tratada de una forma delicada, exquisita y muy decorativa. A pesar de que encontramos elementos que nos sitúan geográficamente en un entorno natural con árboles, el pintor no se detiene en el paisaje, sino que se centra en las figuras y aproxima la escena al espectador creando un conjunto de gran intimismo. Los

personajes son marcadamente clasicistas en su concepción, figuras volumétricas pero a la vez dulces y delicadas, con mejillas sonrosadas, rostros afables y elegantes paños que a forma de veladura se depositan sobre las formas del cuerpo. Este tratamiento le permite al artista crear un sutil juego sensual en la figura femenina, cuya vestimenta cae sobre sus hombros descubriendo gran parte del busto de la mujer hasta casi descubrirle un pecho.

Asimismo, la pericia y maestría de Lairesse queda patente en la representación de los elementos naturales, tanto en los árboles, que a pesar de no ser elemento central de la composición están tratados con un gran naturalismo muy próximo a los paisajes de Poussin, como en las flores, elementos fundamentales para la lectura iconográfica del cuadro y en los que se detiene con una gran minuciosidad. Podemos advertir como a modo de bodegones el pintor sitúa dos grupos florales que contribuyen a darle más estabilidad y coherencia a la composición. El que sostiene el niño con la cesta contiene florecillas silvestres de pequeño tamaño y el de la parte inferior izquierda, mucho más grande, está más desarrollado, con flores más grandes de las que se ve los tallos, representadas con gran delicadeza y naturalismo, dejando patente la asimilación completa de los postulados de la pintura decorativa francesa.

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VIRGEN DE BELÉN ATRIBUIDA A PEDRO ATANASIO BOCANEGRA

Medidas 100 X 75 cms aprx

Virgen de Belén atribuida a Pedro Atanasio Bocanegra, figura fundamental de la escuela granadina del siglo XVII y discípulo de Alonso Cano.

El cuadro nos muestra uno de los temas devocionales más populares de la pintura barroca española, el de la Virgen de Belén o Madonna. Sobre un fondo oscuro se recorta la imagen de la Virgen, que sostiene al Niño sobre un paño blanco. Bocanegra nos deja ver la influencia de Cano en el gusto por la cercanía entre las figuras, que mantienen un sutil y delicado contacto físico a través de las estilizadas manos de la Virgen. La mirada está dirigida hacia su hijo, con un gesto de gran contención expresiva, como es habitual en la pintura de su maestro. Sin embargo, el niño, cuya expresión encierra cierta sequedad, mira directamente al espectador y presenta cierto envaramiento en su figura.

Se trata de un lienzo que tiene grandes similitudes con la Virgen de Belén atribuida a Alonso Cano conservada en el Museo de Jaen. A través de la comparación de ambas obras se puede apreciar como el modelo de Niño Jesús fue tomado por Bocanegra de forma casi literal.

Sin embargo, se aleja de su maestro en la utilización del color, que en este caso presenta una gama cromática más apagada de lo habitual en Alonso Cano. Mientras que en el lienzo de Jaen el manto de la Virgen es en cierta medida heredero de los modelos rafaelescos a través de la utilización del azul y el rojo, Bocanegra se decanta por un verde azulado oscuro, el rojo apenas tiene presencia en el brazo que sostiene al niño e introduce un tono amarillo en la parte del manto que le cubre la cabeza, lo que demuestra que se trata de una pintura con gran personalidad a pesar de la innegable influencia de su maestro.

Pedro Atanasio Bocanegra se convirtió en el pintor más importante de su ciudad natal (Granada) durante la primera mitad del siglo XVII. Tras una breve estancia en Sevilla, en 1686 se marchó a la corte madrileña protegido por don Pedro de Toledo, marqués de Mancera, quien le ayudó a obtener el título de pintor del rey “ad honorem” por su cuadro “Alegoría de la Justicia” hoy conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sus obras se encuentran fundamentalmente en Granada y Madrid, algunas de ellas formando parte de colecciones de la talla del Museo Nacional del Prado. 

 

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“Juicio de Paris” de la Escuela Italiana siglo XVII

EL JUICIO DE PARIS (Troya) ESCUELA ITALIANA SIGLO XVII

Oleo Escuela Italiana “Juicio de Paris”

EL JUICIO DE PARIS. ESCUELA ITALIANA SIGLO XVII

Características cuadro Juico en Paris de la Escuela Italiana

Medidas: 46 X 86, 5

El lienzo nos presenta el tema iconográfico del Juicio de Paris, historia de la mitología griega que supone el origen de la explicación mítica de la Guerra de Troya y que aparece en las Fábulas de Higino.

La historia se desencadena a partir de que Eris, diosa de la discordia, que molesta por no haber sido invitada se presenta en la boda de Tetis con Peleo y deja una manzana de oro retando a la más hermosa de las diosas a recogerla.

Ante la disputa entre Venus, Juno y Minerva, Zeus envía a Mercurio, al que podemos ver en un segundo plano de perfil, a buscar al príncipe pastor de Troya Paris para que sea el juez de la disputa. En primer plano podemos ver a Paris sentado sobre una piedra frente a las tres diosas, que intentan sobornarle ofreciéndole distintos dones. Finalmente elige a Venus, que le había prometido el amor de la mujer más bella del mundo, Helena, la esposa del rey Menelao.

Helena se enamora de Paris, que decide raptarla, acto que desembocaría en la ira de su marido y por consiguiente, en la guerra de Troya.

El lienzo nos muestra el tema a través de una composición equilibrada y clasicista, con un grupo de figuras que se muestran en el centro de la escena en un espacio abierto en el que podemos ver un claro que se abre al cielo tras la figura de Minerva, que como diosa de la guerra aparece ataviada con casco y coraza, y un espacio más oscuro, con vegetación, que se configura como fondo de la figura de Paris y Mercurio, quedando este último menos iluminado, como personaje secundario del relato.

El centro de la escena lo protagoniza Venus, que aparece semidesnuda recibiendo la manzana de oro de mano de Paris y tras ella, podemos ver la figura de Juno que con un gesto con su mano intenta impedir la victoria de su adversaria. También podemos observar la figura de un geniecillo junto a Paris, una figura habitual en la representación de este tema iconográfico.

Dentro de la pintura italiana este lienzo se corresponde, a rasgos generales, con la continuidad de la escuela boloñesa fundada en 1582 por Ludovico Carracci y sus primos Agostino y Annibale como respuesta al manierismo imperante en su época. Gran clasicismo, idealización de las figuras, que aparecen representadas en su estado más bello, alejándose de la corriente naturalista liderada por Caravaggio en la misma época.

Sin embargo, encontramos algunos rasgos que nos indican el conocimiento del autor de las diferentes corrientes pictóricas, como es el caso del color y la configuración de las figuras, volumétricas, rotundas y casi escultóricas propias de la tradición de la escuela romana. Esta combinación de rasgos es muy habitual en la pintura del siglo XVII, momento en el que Roma es el centro mundial del arte, pero en el que los artistas realizaban numerosos viajes en los que tenían la oportunidad de conocer las escuelas locales de pintura.

Más imágenes de la obra de Escuela Italiana “Juicio en París”

En cuanto al tratamiento del tema, nos encontramos ante una imagen profundamente original, ya que el autor se ha alejado de la forma tradicional de representar este asunto, en el que las tres diosas suelen aparecer desnudas.

En este caso solo podemos ver desnudez de forma parcial en el cuerpo de Venus, como diosa del amor y la belleza, mientras que en Minerva y Juno aparecen completamente ataviadas. Asimismo se trata de una forma de concebir el tema profundamente expresiva. El tema se representa en el momento de máxima tensión de la narración, el instante en el que Paris dicta su veredicto.

Venus resulta victoriosa y como tal se convierte en el foco principal de la composición, a través de un gesto delicado, mientras que Minerva y Juno muestran su disgusto de una forma muy gestual, Minerva se señala a sí misma y Juno intenta intervenir a través de un gesto con la mano.

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